A los 77 años, falleció Carlos Alberto Solari, la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Se apaga el cuerpo de un ícono, pero su mitología contracultural se vuelve eterna en el corazón de un país que hizo de sus canciones un refugio de resistencia.

El dolor viaja de boca en boca, en mensajes de texto mudos y en remeras negras que hoy se sienten un poco más pesadas. En la madrugada de este viernes, en su místico refugio de Parque Leloir, falleció Carlos Alberto “El Indio” Solari. Tenía 77 años y llevaba una década dándole batalla a un “míster Parkinson” que, si bien lo obligó a bajarse de los escenarios presenciales, jamás pudo arrebatarle la lucidez poética ni el pulso de su voz de barítono inconfundible.
Con su partida se desvanece el último gran enigma del rock argentino. Solari no fue solo un cantante; fue el arquitecto de un fenómeno social, religioso y estético que desafió todas las leyes de la industria musical del planeta.

La cofradía platense y el nacimiento del mito
La historia del Indio está atada a un viaje contracultural que comenzó a gestarse a mediados de los años setenta en La Plata. Junto a Skay Beilinson, Poli (la histórica mánager) y una troupe de artistas, payasos, poetas y monologuistas, dieron vida a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Al principio eran un secreto a voces, una experiencia teatral y musical psicodélica. Sin embargo, la poética críptica pero profundamente política del Indio, combinada con los riffs indelebles de Skay, comenzó a sintonizar el descontento, la marginalidad y los sueños rotos de una juventud que salía de la dictadura militar.
Sin publicidad tradicional, sin sonar en las radios comerciales y rechazando sistemáticamente los contratos corporativos, Los Redondos construyeron un imperio puramente independiente. Discos como Gulp! (1985), Oktubre (1986) -con su icónica estética soviética diseñada por Rocambole- y Luzbelito (1996) moldearon la banda sonora de la Argentina de fin de siglo.
El “Pogo más grande del mundo” y el camino solista
La masividad de la banda se volvió incontrolable. Los teatros pequeños dieron paso a las canchas de fútbol, y los shows se transformaron en peregrinaciones. Las misas ricoteras eran un ritual donde miles de jóvenes cruzaban el país a dedo, durmiendo en las estaciones, para cantar a los gritos letras que hablaban de la alienación urbana, el consumo, el poder y la dignidad del eslabón más débil de la sociedad. En el año 2000, llenaron dos estadios River Plate, en lo que parecía el pico más alto de la locura.

Tras la dolorosa separación del grupo en 2001, el Indio no se detuvo. Fundó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y demostró que la devoción de su feligresía no dependía de una marca, sino de su presencia. Sus recitales solistas rompieron los récords del continente, mudando “las misas” a ciudades del interior como Mendoza o Gualeguaychú, donde llegó a juntar más de 150.000 personas en una sola noche.
Allí, cada velada terminaba de la misma manera: el estallido sísmico de “Ji ji ji”, el tema que coronaba de manera literal “el pogo más grande del mundo”.
Un legado de dignidad artística
El legado del Indio Solari trasciende las cifras de venta y las multitudes. Su verdadero triunfo fue ético. En una época donde todo se vende y todo se transa, el Indio demostró que se podía alcanzar la máxima gloria popular manteniendo la independencia absoluta, cuidando el precio de las entradas y defendiendo la autogestión.
“Vivir solo cuesta vida”, cantaba en Ropa sucia.

En sus últimos años, refugiado en su estudio Luzbola, se volcó a la experimentación con inteligencia artificial, las redes sociales -donde interactuaba con ironía y ternura con sus fans- y proyectos alternativos como El Míster y los Marsupiales Extintos. Aunque sus piernas ya no le permitían bailar sobre las tablas, su mente seguía disparando verdades.
Hoy el rock nacional está de luto absoluto, pero la tristeza convive con la certeza del mito. Las luces del escenario se apagaron en Parque Leloir, pero abajo, en el barro de la historia argentina, los redonditos de ricota seguirán sonando para siempre.
A brillar, mi amor. La eternidad te estaba esperando.
| Etapa | Proyectos Clave | Hito de Convocatoria |
| Patricio Rey (1976-2001) | Oktubre, Lobo Suelto / Cordero Atado | Doble Estadio River Plate (2000) |
| Solista (2004-2026) | Los Fundamentalistas, El ruiseñor, el amor y la muerte | +150.000 personas por show (Mendoza/Tandil) |








